05 dic 2012

Del poder. Dir: Zaván (2011)

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El 27 de Enero de 1994 hubo Huelga General. Para mí fue mi primera huelga en las calles. Estudiante de Filosofía y Letras en Zaragoza, más ávido de experiencias que de clases a primera hora. Cada día que pasaba iba menos por la Universidad y más asistía a asambleas, encierros, pegadas de carteles o huelgas de hambre. Por aquel entonces pusimos en el mapa a Chiapas, leímos el Evangelio de Saramago y crecimos en el antimilitarismo. De ese día recuerdo, como si fuera ayer, la imagen perfecta que dibujaba con sorna el poder. El corte inglés de Sagasta estaba abierto pese a la huelga. Y su puerta salvaguardada por decenas de policías a caballo ante una concentración de cientos de personas. Los gritos, la tensión que se vivía hacía que los caballos estuvieran nerviosos, inquietos, rebrincantes. Ese día, en ese instante, entendí a la perfección toda la crudeza de la expresión “estar a los pies de los caballos”, cuyo origen se remonta a los campos de batalla, cuando la guerra se hacía a caballo y no dirigida desde Wall Street y el jinete caído era pisoteado una y otra vez hasta quedar desfigurado. A un metro de los policías a caballo, con ese punto de vista en primera línea y tan en contrapicado, sentir miedo era lo más normal. La gente empujaba desde atrás, los caballos retrocedían unos pasos, pero los policías hacían por ganar terreno. En un instante, sin razón alguna, saltó la chispa, prendió la violencia y volaron las porras. Yo nunca había vivido en directo una carga policial. Pero si la imagen te repugna, más la violenta todo lo que llega por otros sentidos que no sean la vista. El impacto seco y plástico de los porrazos, como un chasquido de látigo en el aire. Un olor frío y pegajoso, como a sudor en el ártico. Empujones, golpes, vuela otra porra que me roza. Salpicaduras de sangre en mi cara. No, no era mía, sangre de la chica de al lado. La que no había hecho nada. Puñetazo en el estómago. La doctrina del shock. Yo me quedé por unos instantes congelado, sin poder reaccionar. E inmóvil, sin poder escapar, con mi cara de niño sólo podía gritar a un rostro difuminado tras el cristal de un casco, “¡estáis locos! ¡estáis locos! ¿no veis lo que estáis haciendo?”.

Pero no, esos policías no estaban locos. Tenían orden de cargar, que es mucho peor. Todo era una estrategia para que al día siguiente los medios tuvieran de qué hablar y que se evitaran las razones que habían llevado a la huelga. Ese mismo puñetazo en el estómago me dejó inmóvil en mi butaca en Septiembre del 2011, en el estreno de Del poder en el Festival Alcances de Cádiz. Verdadero cine necesario que reflexiona sobre el uso legal de la violencia desde el poder de las democracias, tomando como partida la extraordinaria y brutal violencia represiva ejercida contra el movimiento antiglobalización en la Cumbre del G8 del 2001 en Génova. Quien no haya visto esta película, por favor que la vea y que no se quede en Génova, porque la estrategia allí desplegada es global, como acción terapéutica de la política del miedo a la que recurren desde hace décadas las democracias burguesas occidentales.

Hoy comienza aquí en la Revista Estudios un encuentro periódico con el buen cine documental, el que nace con vocación crítica, el que no es complaciente con el poder. Cine necesario, indispensable, el que ayuda a repensar nuestro presente para construir una sociedad mejor, más justa, más libre y un mundo más habitable. Aquí reflexionaremos sobre la violencia, el poder, la representatividad, la estafa del capitalismo y sobre nuevas formas de vida posible. Os emplazo en la web de la revista Estudios a principio de cada mes con nuestra reseña y siempre que podamos la acompañaremos con un enlace para poder ver la película.

Abrimos nuestro espacio no por casualidad con Del poder, no sólo porque sea una pieza extraordinaria que visibiliza material audiovisual sobre el terror que puede causar el Estado, que nos sería casi imposible de conocer fuera de Italia. Sino porque además contextualiza a la perfección la deriva represiva de los últimos tiempos y nos da pie para reflexionar sobre las decisiones del poder. ¿Por qué reprime tan violentamente el poder? ¿Quizás está enviando un mensaje de terror además de reprimir?

Como subraya Zaván al comienzo de Del poder, desplegando 5 principios -un poco al estilo Dogma-, a los que será fiel su película, el contenido y no la forma. En un tiempo en que todos queremos grabar en HD, con la mejor calidad posible, que nos meten el cine 3D con embudo, que las pelis casi se venden más por qué nueva tecnología de grabación han empleado que por su contenido esencial, Del poder va a la contra y hace de la necesidad virtud. No importa que el material esté grabado por videocámaras ‘amateur’, que la definición no sea siempre perfecta, que la técnica sea imprecisa, si lo que se cuenta, el contenido de las imágenes son tan esenciales y contundentes que cualquier niño puede ver que el rey está desnudo. Pero si el contenido es lo importante en ningún caso se maltrata la estética, sino que se parte del material que existe. La maravillosa edición de la cinta le confiere un ritmo vertiginoso, en parte debido al enorme trabajo de producción para conseguir utilizar cortes de más de 30 reportajes, videos, documentales, y la inclusión de grabaciones ‘amateur’ de más de 200 operadores improvisados, ya que la mayoría de las veces son los propios activistas antiglobalización los que toman las imágenes en medio de la batalla o asustados vecinos genoveses desde sus ventanas. Esa riqueza de puntos de vista le aporta al montaje un sello propio, el de poder contar la realidad desde una improvisada apuesta multicámara que le da sentido al relato, lo aviva, lo realza, nos tiene prendidos en la butaca. Pero es con el sonido donde nuevamente se hace de la necesidad virtud, porque el silencio de muchas partes del documental al privarnos del audio de la grabación original (seguramente por la mala calidad de la grabación o por ir acompañadas esas imágenes con alguna narración original en italiano) hace que nos lleguen más limpias las imágenes del terror represivo. Si el martillo que nos golpea en el cine de las grandes salas es un volumen por encima del umbral soportable con efectos de sonido apabullantes, aquí la ausencia de sonido es un acierto, asusta y estremece.

Segundo principio, lo general y no lo concreto. Porque Zaván utiliza como pretexto lo ocurrido en Génova, pero no quiere ahondar en la experiencia de esa ciudad italiana con los hechos ocurridos en la Cumbre del G8. Lo suyo es trascender el espacio tiempo de aquellos hechos y subrayar cómo se comporta el Estado y el poder en todos los sitios cuando despliega sus mecanismos represivos. Porque esa Génova amurallada con altas vallas, para que dentro los políticos representantes de las ocho economías más poderosas del mundo pudieran reunirse y repartirse el pastel con tranquilidad, ¿no es la imagen del mismo espacio Schengen aquí en Europa o de la frontera de EEUU con México? La vieja Europa del capital, de las finanzas y de los mercados, alzando las vallas para que no puedan entrar inmigrantes necesitados para reivindicar su derecho a vivir, su derecho a existir. ¿Pero no es también la imagen del estado policial implantado en Madrid desde hace unos meses, con cientos de policías en las calles y barricadas cortando el paso, con la peregrina razón de que ciudadanos indignados no se acerquen al Congreso de los Diputados para protestar por las medidas de recortes y la disolución del paupérrimo sistema de bienestar que disfrutábamos hasta hace cuatro días?

Tercer principio, lo legítimo y no lo legal. Con el nacimiento del Estado el pueblo cedió el uso legítimo de la violencia al Estado pensando en que éste le ampararía, le defendería, le socorrería. El pueblo quedaba tranquilo y desarmado porque existía la confianza. Lo legal adquiría legitimidad en ese pacto. Pero el poder para perpetuarse tiende a comportamientos ilegítimos, y es en ese momento donde debe subrayar la legalidad de sus actos y pone en marcha su maquinaria de propaganda para perdurar. Del poder en su discurso deshace las costuras de ese uso legal de la violencia que ejerce el poder. Comprendes que el uso de la violencia desde el Estado tiene varias capas, la primera atemorizar, barrer al oponente, al que protesta, sumergirlo en la bañera del miedo. No sólo te reprimo, sino que alardeo de ello para que muchos en la próxima convocatoria no se acerquen por miedo. Pero en un segundo plano, el poder siempre querrá dividirnos como estrategia, enfrentarnos, ya sea por la discusión sobre el uso de la violencia, sobre la resistencia o sobre como es vista, debatida, juzgada en los medios de comunicación (del poder). Porque no nos engañemos, como estrategia pensada y diseñada, puesta en práctica como barrera, el poder no tendrá la más mínima vergüenza de llevarla a cabo aunque las imágenes de brutalidad policial, cargas indiscriminadas, violencia extrema lo desacrediten o lo pongan en duda. Porque en ese momento comienza la tercera fase, la de desviar la atención de las legítimas reivindicaciones de las protestas. En Génova en esa deriva de violencia del terror de Estado, da igual que se golpeara a activistas del Bloque Negro, a grupos claramente pacíficos, a periodistas y a sanitarios, que se matase a un activista o que se entrase salvajemente en una escuela donde dormían activistas y que la policía dejase decenas de heridos a su salida. Lo verdaderamente importante es que al día siguiente no se hablase de las reivindicaciones de un movimiento creciente, el de la antiglobalización, que juntó en Génova a 300.000 personas en sus protestas. Y el Estado con sus armas del terror salió victorioso, porque de hecho los medios (del poder) no dejaron de hablar de la violencia, de esa espuma que nos deja la ola. Se quedaron en la superficie, en la epidermis, camuflando, escondiendo las verdaderas razones de por qué estaban allí.

Cuarto principio, el poder del pueblo y no el pueblo del poder, como ejercicio democrático real y no quedarnos prendidos en la telaraña de los símbolos. En Génova, al día siguiente de la carnicería, los medios de comunicación del poder se pusieron en marcha y no se dejó ninguna duda, era un ataque impune contra la República Italiana y contra los representantes de las grandes naciones del G8. Aquí las protestas se tildan de golpistas, se las equipara con el golpe de Estado del 23F y a los detenidos del 25S se les acusa de atentar contra las altas instituciones del Estado. Se reprime, se golpea a la gente, se detiene impunemente. Pero el poder agita sus símbolos como cortina de humo, intentando por todos los medios recobrar la legitimidad perdida. Pone su puesto en el mercadillo de la esquina y exhibe a precios de ganga el logo “Democracia” en las bragas de tu tía, el distintivo “estado de derecho” en los calcetines para el abuelo y la marca “España” en la faja de una difunta. Pero los símbolos agitados quedan realmente tan lejos y deformados de su verdadera esencia como las sombras de las sombras en el interior de la caverna.

Quinto principio, resistencia y no violencia, y es que Del poder visibiliza de forma tan clara la fractura del sistema y su incapacidad para dar respuestas a la gente, que subraya con imágenes la resistencia de los manifestantes. Lo contará muy bien un anciano genovés en la película, si se hubiera quedado la policía dentro de la muralla que había alzado, ¿qué hubiera pasado? Que los jóvenes hubieran roto más cristales, más escaparates, quizás, pero la policía salió a atacar a los manifestantes y ocurrió el horror que relatan las imágenes y, por supuesto, los cristales se rompieron igualmente. ¿Qué se evitó al desplegar el terror policial? Nada, eso ya lo digo yo. Nada se evitó, porque nada se quiso evitar, ya que toda la actuación policial respondió a una estrategia de aniquilación del oponente, del que protesta, del pueblo crítico, el que no se queda en casa, diseñada en los despachos del poder. En un despacho Luis XVI, con moqueta, en blanco y negro, a la hora del café. Como en aquella secuencia de Senderos de gloria, en la que los generales intercambiaban millares de muertos por medallas en el mercado de valores de los ejecutivos del poder.

Epílogo, mío no de la película. Los excesos cometidos por el poder, el terror por el terror, serán vendidos desde el poder como excesos a depurar, pero nada más falaz ya que esa violencia extrema, ese horror que nos rebela el verdadero rostro del poder, como por ejemplo tomar la decisión de entrar en la oscuridad de la noche en la Escuela Díaz (cedida por el ayuntamiento de Génova para que allí durmieran los activistas llegados de fuera), apalizando a la gente mientras dormía, desfigurando rostros, perforando pulmones, abriendo cabezas, llevándose los heridos a la chilena al centro de detención de Bolzaneto para humillarlos y golpearlos días después como prácticas de tortura sistemática, responden a la estrategia del Gobierno italiano de infundir terror y desmontar el movimiento antiglobalización. Porque los excesos son la estrategia.

No son buenos tiempos. La sacralización del poder y la política del miedo son sus mayores armas. La doctrina del ‘shock’ está en marcha. Nunca han dudado en aplicarla. Pero el poder en su esencia siempre querrá más. Cuanto más camine hacia el terror más buscará la impunidad. Con la nueva Ley de Seguridad Ciudadana que estudia prohibir la grabación de las actuaciones de la policía y su difusión esta película nunca hubiera existido. Caminamos hacia la impunidad total.

Marco Potyomkin

Potyomkin Pro


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