05 dic 2012

To Shoot an Elephant. Directores: Alberto Arce y Mohammad Rujailah (2010)

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Imágenes contra la impunidad

El 27 de Diciembre del 2008 yo estaba en Gaza en primera línea de fuego. También el día 3, el 7 y el 11 de Enero del 2009. La Operación Plomo Fundido del ejército israelí recibía toda mi atención. El fuego que hacía arder los medicamentos y los alimentos en los almacenes de la ONU quemaba mis insomnes retinas. Las estridentes sirenas de las ambulancias de la media luna roja me fijaban a la realidad. Los ojos sin vida de una niña destrozada por la metralla, tendida sobre una improvisada mesa de operaciones me dejaban mudo, sin respuestas. Los destellos de las bombas de fósforo blanco lanzadas sobre el cielo de la franja más poblada del mundo atravesaban la pantalla de mi televisor y esquirlas de fósforo ardían junto a mí, iluminando la habitación, mientras me quemaban el sillón. En un esfuerzo lisérgico, intento explicarle a la esquirla que su uso es ilegal. Que la están utilizando contra población civil y que eso va contra todas las convenciones. Que llegan todos los días a los hospitales de la franja, niñas y niños con quemaduras humeantes de fósforo que hacen apartar la mirada y producen arcadas por ese olor fuerte, denso, a carne quemada. Pero el fósforo ya disparado no entiende de legalidades y aunque vierto agua sobre él, vuelve a avivar la llama por autocombustión desde su interior y deja escapar una cortina de tóxico humo azulado.

Sin duda es muy distinto realizar una obra desde el terreno, compartiendo con los civiles el dolor, la sangre y las bombas en el cielo, que en la comodidad de tu habitación. Pero la primera función de la obra ya está conseguida. Pese a que Israel prohibió la entrada de periodistas en la franja de Gaza para evitarse testigos en su campaña de destrucción, unos pocos estuvieron allí. Miles de imágenes pasaron por sus retinas. Algunas de ellas componen To shoot an elephant, imágenes contra la impunidad imprescindibles en estos días.

En Septiembre del 2006 conocí en Cádiz a Alberto Arce, uno de los autores junto a Mohammad Rujailah de To shoot an elephant. Compartimos presentación en la Muestra Cinematográfica Alcances. Cada uno presentaba su peli, Internacionales en Palestina y Jaime en el espejo. Después de la proyección compartimos también unas cañas y enseguida entendí que Alberto no era un director de cine al uso. Su lenguaje era más propio de un periodista. Quizás de un corresponsal de guerra. Pero sobre todo, su entusiasmo era el de un activista, del ISM entonces y del Free Gaza ahora. Alguien comprometido con la realidad que está viviendo y que quiere ser testigo para el mundo de hechos que se querrán negar. La diferencia es que con Internacionales fue testigo, como muchos, de la política de hostigamiento de Israel a la población palestina en Cisjordania. En Gaza, las navidades del 2008, Alberto junto a sus compañerxs del Free Gaza, se convirtieron en los únicos testigos. Ahí estriba la gran diferencia. Cuando una bomba caía sobre un colegio o un hospital, sus ojos fueron los nuestros, su voz nos contó lo que ocurría.

Porque To shoot an elephant no es un publirreportaje sobre una cacería en Botswana. Pero sí que es una cacería, en eso la intuición no nos traiciona. Hay que pensar que la franja de Gaza llevaba ya años sufriendo un asfixiante bloqueo militar que destruyó la vida y que reducía a sus habitantes a ser meros presos en su propia tierra. Si la esencia del conflicto entre Israel y Palestina es que en la actualidad hay dos pueblos sobre una misma tierra, Israel tomó la opción hace tiempo de eliminar a ese pueblo y ocupar más tierra para hacer imposible la vuelta atrás en los mapas de la historia. Y la cacería, como todas las del mundo, se hizo en igualdad de condiciones. F16 y helicópteros Apache bombardeando colegios, mezquitas, ambulancias. Tanques Merkava y bulldozers contra carros tirados por mulas que traían a niños rotos en sangre a los hospitales. Francotiradores que disparan a los camilleros de la media luna roja y los matan. Fósforo blanco sobre la ONU en llamas. Miedo, dolor y vergüenza.

Un equipo de producción mínimo, el director ante el mundo cámara en mano. El peso de la película y el nexo de unión entre secuencias lo confeccionan entre Mohammad Rujailah y la cámara que le escucha con respeto, en un diálogo constante. De alguna manera, Mohammad delante de la cámara, es el alter ego de Alberto fuera de campo. Gazatí, interlocutor en árabe con los habitantes de la franja, traductor, guía, rompe estereotipos desde el conocimiento de lo próximo. Pero también interactúan, cada uno con su estilo propio, los pocos activistas extranjeros que esos días permanecieron en Gaza. Desde la austeridad interior que marca la barrera del idioma de Vittorio Arrigoni, a la exposición extensa y emocionada, cálida, pedagógica, sentida de Eva Bartlett.

Pero sobre todo To shoot an elephant muestra el coraje, la determinación, ese plantarle cara al miedo y a la vida arrollada de la población gazatí. Fundamentalmente la historia relata el valor de los trabajadores voluntarios de las ambulancias, que entre la vida y la muerte, sorteando francotiradores, combaten el horror cotidiano rescatando heridos y cadáveres. Siendo a veces también ellos protagonistas de esa maldita partida de ajedrez perdida contra la muerte.

Siempre he pensado en la secuencia final de Roma, ciudad abierta de Rossellini o el travelling de rostros atemorizados antes de la batalla, por el interior de las trincheras fortificadas de Senderos de gloria de Kubrick, cuando quería visualizar la frase de Jean-Luc Godard en la que afirma que el travelling es una cuestión moral. Ética diría yo. En ese acto de mover la cámara está vertida toda la responsabilidad del autor para mostrar una imagen única, irrepetible. En To shoot an elephant hay varios de esos travellings que encogen el alma. Muestra el comienzo de la película el primero de ellos, sinónimo de desabastecimiento, en un prolongado travelling de hombres y niños haciendo cola bajo la lluvia, en busca de alimentos. Enciende el ánimo ese travelling en el que la cámara apabullante va a la carrera en busca de la llegada de los heridos. Y que en el choque del encuentro vuelve frenética siguiendo a los camilleros, intuyendo cercana la muerte hasta los improvisados quirófanos. Pero sin duda, los momentos irrepetibles son los dibujados desde el taxi de Mahmud y desde el interior de las ambulancias del Comité de Trabajadores de Sanidad. En esa locura atropellada en que se convierte la búsqueda de heridos, donde la puesta en escena es imposible porque la realidad lo impregna todo, explota en la retina de la cámara y el sentido de la película alcanza sus cotas más altas.

Pero también hay que comprender que ese contexto en el que nace To shoot an elephant da como resultado una obra construida con la argamasa de imágenes urgentes. De alguna manera como la crónica apurada del corresponsal de guerra, que necesita de la inmediatez, la última noticia se abre camino a codazos y sepulta a las demás. Quizás en esa vorágine falte el tiempo que da la distancia para la reflexión. En ese preciso instante los dueños y señores de la violencia vencen, los que impiden el diálogo anegándolo todo de sangre y vísceras. Realimentar la violencia con más violencia, sin duda, nos aleja de una solución pacífica y justa, pero es que además se convierte en salvoconducto manipulable y duradero para los halcones de la guerra.

¿Y qué nos queda de aquellos días atroces previos a una elecciones muy disputadas en Israel? Quizás que cuatro años después, ante unas nuevas elecciones, se vuelve a poner sobre el tablero más de un centenar de muertos palestinos, la mayoría civiles, para mercadear por los votos que la democracia necesita para sostenerse. Votos por los que en el pasado no se ha dudado en arrasar Irak, como cortina de humo a problemas internos. Votos que nos pueden meter en el futuro próximo en una nueva guerra de poder en Irán. Porque el complejo militar-industrial decide y manda y el estado de Israel es un socio demasiado importante y necesario como para desandar todo lo andado. Lejos, muy lejos está Palestina de alcanzar una paz justa, una paz duradera, una paz que no sea vergonzante ni una componenda.

Ayer se decidía la entrada de Palestina como Estado observador en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Israel responde hoy: construirá 3.000 nuevas viviendas ilegales en Jerusalén Este y en Cisjordania para deteriorar más si cabe el débil archipiélago territorial palestino de infinidad de pequeñas islas ciegas, cercadas, inconexas. Hace mucho tiempo que Israel decidió impedir cualquiera de las posibles soluciones de paz justa sobre la zona: el reconocimiento de Palestina como Estado ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, o la asunción de un modelo de Estado binacional, en igualdad de derechos, sin exclusiones. Para que esto ocurriera la comunidad internacional debería dejar de mirar para otro lado de forma tan vergonzosa. Para que esto ocurriera, EEUU, como socio privilegiado de Israel, debería cambiar su política en la zona con un giro de 180º. Y eso es tanto como creer en las hadas, los nomos, la casita de chocolate de Hansel y Gretel y en que los Estados no tienen problemas de representatividad y que cumplen una finalidad social. Mientras tanto, bienvenidos los testigos incómodos que intentan evitar la impunidad total de los países que reinciden en la ocupación, en la aniquilación física del contrario, en la resolución de conflictos con el uso sistemático de la fuerza.

Más información en la página oficial del documental “To Shoot an Elephant” (Alberto Arce & Mohammad Rujailah, 2010)

Marco Potyomkin

Potyomkin Pro

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