11 may 2015

Medicina y capital

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En la actualidad hay un fuerte debate social, especialmente en internet, en torno a la idoneidad o no de las vacunas. En ámbitos libertarios y anticapitalistas suelen darse dos posturas a veces enfrentadas entre quienes son completamente refractarios con la “ciencia” y quienes adoptan acríticamente los diagnósticos y remedios de la academia. Entre medias, surgen posturas como la que aporta el último número de Tierra y Libertad o el que expresa el grupo Accidente.


Medicina y Capital

El debate sobre el uso de las vacunas trae a colación algunos puntos importantes entre nuestra sociedad y la salud. La vacuna es la única medicina capaz de prevenir la enfermedad usando nuestra capacidad de autocuración (el sistema inmune) y es la única que ha servido para que desaparezcan enfermedades mortales como la viruela, además de reducir enormemente las muertes por tuberculosis, hemiplejia y poliomielitis. Por otro lado, en algunos casos esporádicos, se pueden observar efectos colaterales no deseables. El número de individuos vacunados que no ha muerto por infección es enormemente superior (millones) a la cifra de casos que han sufrido daños por vacunación (decenas). Por lo que, si queremos proteger a la comunidad, es preciso vacunarse; si se quiere correr el riesgo individualmente, no es preciso vacunarse. Cuanto mayor es el número de no vacunados, mayor es la posibilidad de un brote epidémico (por ejemplo, la peste y el cólera de los siglos XVI a XVIII). La obligatoriedad de la vacunación deriva del papel del Estado de padre patrón sobre la conciencia y la vida de los ciudadanos. Obligación que se convierte en dura de aceptar si no se tiene información clara sobre las ventajas y desventajas de esta práctica sanitaria.
La ausencia de la enseñanza de la medicina preventiva en la escuela en todos sus grados y territorios convierte a la población en meros sujetos pasivos en la gestión de la salud pública. Los intereses de las multinacionales en el campo de la sanidad son conocidos, y está claro que dejar la salud pública en manos del mercado supone un desastre. Por ejemplo, la falta de vacunas contra el ébola, la malaria, la fiebre amarilla, virus que provocan disentería con millones de muertos al año, hay que imputarla a la gestión mercantil de la salud global. Todas ellas son enfermedades infecciosas con altísima incidencia en zonas pobres del planeta, y no aportan beneficios a la industria farmacéutica, por lo que no fabrica estas vacunas. La vacuna es un producto del ingenio humano, funciona y, de momento, es la única posibilidad de evitar pandemias. Esto no excluye otras vías terapéuticas posibles cuando las haya. Existen diversos tipos de medicina que parten de principios a veces lejanos entre sí pero que en algunos casos encuentran en su éxito terapéutico la “curación” de los mecanismos comunes de funcionamiento. Vaya por delante que el Estado es responsable de la ausencia de conocimiento de los efectos y de los mecanismos de acción de las vacunas y, por ello, del nacimiento de fenómenos de rechazo hacia prácticas médicas importantes para la supervivencia del género humano.
Por otro lado, no se facilita ninguna información a los ciudadanos, ni por parte del Ministerio de Sanidad ni por parte del de Educación, que a menudo son cómplices de las especulaciones llevadas a cabo por las multinacionales farmacéuticas en perjuicio del ciudadano. No podemos dejar de señalar el contraste entre la demanda creciente de vacunas a bajo precio para la zona de África subsahariana, donde las enfermedades infecciosas son la principal causa de muerte, y el rechazo a vacunarse de una parte importante de Estados Unidos y de Europa, donde la mortalidad, gracias a las campañas de vacunación durante décadas, ya no es debida a las enfermedades infecciosas sino a las tumorales y cardiovasculares.

Ennio Carbone

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